Beato Santiago Alberione (Fundador de la familia Paulina), Tecla Merlo (Co-fundadora de las Paulinas), Timoteo Giacardo (Primer sacerdote Paulino), Roger de Taizé, Teresa de Calcuta, Charles de Foucauld, Santa Teresita de Lisieux, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, San Francisco de Asís… Pier Carlo, Angela, María Elisa, Juan, María Eugenia, Alejandro, María Jesús, Ramón, Lucía, Letizia…
Todos ellas y varios cientos de miles más consagrados al Señor en castidad, probreza y obediencia. Dando vida, dando vida, dando la vida
Cuarenta días después de la fiesta del nacimiento de Jesús la Iglesia celebra el día de la Vida Consagrada. Es la fiesta de la luz, en muchos pueblos llamada: la candelaria. Celebramos la Presentación de Jesús en el Templo, luz para alumbrar a las naciones y gloria de su pueblo Israel.
La alegría es fundamental en el cristianismo, que es por eso, buena nueva. Y sin embargo es ahí donde el mundo se equivoca. Ciertamente, la alegría de Cristo no es tan fácil de ver como el placer banal que nace de cualquier diversión. “Alegraos en el Señor», Significa que toda verdadera alegría está en el Señor, y que fuera de él no puede haber ninguna. Y de hecho es verdad que toda alegría que se da fuera de él o contra él no satisface, sino que, al contrario, arrastra al hombre a un remolino del que no puede estar verdaderamente contento. Por eso aquí se nos hace saber que la verdadera alegría no llega hasta que no la trae Cristo, y que de lo que se trata en nuestra vida es de aprender a ver y comprender a Cristo, el Dios de la gracia, la luz y la alegría del mundo. Pues nuestra alegría no será auténtica hasta que deje de apoyarse en cosas que pueden sernos arrebatadas y destruidas, y se fundamente en la más íntima profundidad de nuestra existencia, imposible de sernos arrebatada por fuerza alguna del mundo. Y toda pérdida externa debería hacernos avanzar un paso hacia esa intimidad y hacernos más maduros para nuestra vida auténtica. Celebrar el Adviento significa, dicho una vez más, despertar a la vida la presencia de Dios oculta en nosotros. Juan y María nos enseñan a hacerlo. Para ello hay que andar un camino de conversión, de alejamiento de lo visible y acercamiento a lo invisible. Andando ese camino somos capaces de ver la maravilla de la gracia y aprendemos que no hay alegría más luminosa para el hombre y para el mundo que la de la gracia, que ha aparecido en Cristo. El mundo no es un conjunto de penas y dolores, toda la angustia que exista en el mundo está amparada por una misericordia amorosa, está dominada y superada por la benevolencia, el perdón y la salvación de Dios. Quien celebre así el Adviento podrá hablar con derecho de la Navidad feliz bienaventurada y llena de gracia. Y conocerá cómo la verdad contenida en la felicitación navideña es algo mucho mayor que ese sentimiento romántico de los que la celebran como una especie de diversión de carnaval».
¿Dónde me quiere Dios? ¿Qué quiere de mí?
Si te has sentido identificada(o) con mi historia vocacional, escribeme y comparte conmigo tu experiencia: Hna. Yenny Martínez. milafsp@hotmail.com